
Hace tiempo que quería escribir unas líneas sobre los libros de Alfredo Bryce Echenique, reciente premio Planeta de novela 2002. Los primeros libros que leí, La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, recomendados por varios amigos, me sugirieron este título, que utilizaría si tuviera que escribir una reseña para una revista.
Hoy, sin embargo, quiero hablar de Un mundo para Julius que acabo de terminar. Aunque M. y O. también me hablaron de él fue E., cenando en Bruselas para celebrar su cumpleaños, quien más me lo ponderó y me animó a leerlo. Ha sido un cambio, no radical pero sí profundo, sobre Martín Romaña y Octavia de Cádiz. Estos me acompañaron en varios viajes como alegres compañeros que hacían brotar irreprimibles carcajadas apagadas que debieron llamar al atención a mis compañeros de asiento en el vuelo. También contenían una buena dosis de tristeza y, sobre todo el final de Octavia, como ya me advirtió E., desesperación.
Julius es distinto. El humor sigue presente pero muy soterrado: casi no hay situaciones grotescas y el lenguaje tampoco está forzado (bien forzado debo decir en Martín y Octavia) hacia la risa. La tristeza también es más sutil, llena de nostalgia y ausente de desesperación. Es una tristeza tibia, de abandono de la infancia, llena de ternura y atención a los detalles de ese mundo mágico que no se vuelve a pisar.
Dos escenas me han saltado las lágrimas. Las dos hacia el final del libro, cuando en un momento me había llegado a pesar, pensando que la acción se repetía. La primera fue el recuerdo de Cinthia, la hermanita muerta, tras al fiesta de graduación de Bobby, el hermano mediano. Ese final de fiesta en el que Julius se encierra en su cuarto y se pone a conversar con el retrato de su hermana diciéndole que ha tenido que abandonar la fiesta porque las chicas de 15, 16 y 17 años que bailaban eran sus compañeras. Eran lo que debía haber sido ella, pero ninguna se acordaba ya de su compañera muerta 6 años atrás. Ninguna se acordaba, repetía Julius varias veces. Y confesaba, o más bien, el autor nos confesaba a los lectores que Julius hablaba todas las noches con su hermana, con el retrato que guardaba en su mesilla. Aunque su madre, Susan, se lo hubiera prohibido un día al descubrirlo. Te va a hacer daño, Julius.
Podría decirse que Bryce nos ha hecho trampas porque, aunque la añoranza de Cinthia surge varias veces a lo largo de la narración, no recuerdo que en ningún momento se mencione tan claramente esta pequeña locura de Julius, este aferramiento tenaz y pazzo al recuerdo de su hermana. Pero sí es cierto que, alguna vez, Julius comenta algo a Cinthia en el libro, seguramente muy brevemente, para no llamar la atención. Pero no considero el episodio una carta marcada guardada por el novelista en su manga. Más bien es algo plenamente realista, algo escondido en Julius pero consecuente con el personaje: tierno, observador, sensible, profundamente impresionado por la muerte de su hermana, el único miembro de su familia que compartía su percepción del mundo. Las personas suelen esconder estos sentimientos tan profundos, estos sentimientos que significan debilidad y tristeza, y si llegamos a descubrirlos algún día es repentinamente, como en el libro, porque un detalle o algo nos hace descubrirlo. Son estas sugerencias de sentimientos profundos las que conmueven en el arte: en las novelas, en las películas. Son siempre alabadas esas primeras escenas de Centauros del desierto, donde John Ford descubre con pocos detalles una enorme historia de amor entre Ethan y su cuñada.
La escena de Un mundo para Julius es preciosa, plenamente lograda y preparada. Comienza en la fiesta con una chica simpática y alegre que baila y llena la pista de viveza y movimiento. Bryce apenas describe sus rasgos. Dice que es bonita y se centra en su actitud: en su simpatía, en su alegría, en su acercamiento a Julius, al que Bobby había querido excluir de la fiesta y en el que el resto de los invitados apenas ha reparado. Pero la chica simpática sí se ha fijado, le ha hecho gracia y le llama a que baile con él. Y Julius se queda paralizado. Pensamos, quizás, que siente la llamada del amor, como cuando descubre a los dos adolescentes del barrio Marconi (Cecilia y Manolo) besándose en la puerta de la habitación del hotel. En ese momento Susan no puede resistir la fiesta y se marcha. Y nuevamente nos equivocamos y pensamos que no puede soportar la carga de los años, ver a nuevas jovencitas ocupar su papel, percatarse de que el tiempo pasado no volverá, y necesita estar sola para recordar sus años de Londres, como ha ocurrido cuando Juan Lucas encuentra a la chica sueca. Pero en pocas líneas nos percatamos de nuestro error: Julius, en su habitación nos descubre la pena de su madre, ese personaje apenas entrevisto, más frívolo que sensible, pero humano al fin y al cabo. Es un pasaje precioso. A través del monólogo de Julius se abalanzan hacia nosotros decenas de sentimientos escondidos hasta entonces, subyacentes en el libro, que comprendemos porque han estado soterrados durante páginas. Porque también, aunque no hayamos sufrido la pérdida de una hermana, entendemos esos instantes en que la pena y los recuerdos son invencibles e irrefrenables. Esos instantes que nos unen a todos, ricos y pobres, y que no desaparecen aunque estén colmados todas las necesidades materiales, por suerte, porque nos permiten saber que somos humanos.
La otra escena es la parte final del libro, aunque viene anunciada desde varias páginas atrás.