26 marzo 2005

Crónicas del Señor de la Guerra


En una oferta de VIPS he comprado las Crónicas del Señor de la guerra de Bernard Cornwell. Tan solo 9 euros los tres volúmenes tras sucesivas rebajas. Desde luego los libros no son caros por lo que cuestan sino por el espacio que ocupan.

En el autobús, de vuelta a casa, hojeo las primeras páginas de cada uno de los libros. Me detengo en un diálogo al comienzo del tercer tomo,
Excalibur:

- (...) la lujuria no desparece con la felicidad, mi señora. Además, ¿qué mérito tendría la fidelidad si no fuera puesta a prueba? (...) La fidelidad es un don que ofrecemos a los que amamos. Arturo se lo entregó a Ginebra, pero ella no podía corresponderle porque ansiaba otra cosa.

- ¿Qué cosa?

- Gloria, pero Arturo siempre fue reacio a la gloria. La alcanzó, pero no le deleitaba. Ginebra quería una escolta de mil jinetes, vistosas enseñas ondeando por encima de su cabeza y la isla entera de Britania postrada a sus pies. Lo único que Arturo quería era justicia y buenas cosechas.

Al llegar a casa dejo los volúmenes en la estantería, en segunda fila sobre los anteriores, a la espera de que llegue su turno -Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)/ Hay alguno que ya nunca abriré- pero transcribo estas líneas en el ordenador, igual que años atrás grabé en mi memoria, y luego en un cuaderno (¿o fue al revés?), las palabras de Aquila respondiendo a Ambrosius Aurelianus: La crema y miel de brezo pueden llegar a hastiar.

25 marzo 2005

Homero y los Magos

Leo De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega (El Acantilado. Barcelona, 2002), de Walter Burkert, profesor de Historia de Religión y Filosofía griega en la Universidad de Zurich, hasta ahora desconocido para mí. Es el primer libro de esta editorial que cae en mis manos, una vez más gracias a los préstamos de la biblioteca pública. Y la elección se basó sobremanera en el prestigio de la editora, fecunda en la recuperación de autores como Zweig, Chesterton o Pessoa o, más recientemente, Chautebriand, y diestra en ofrecer obras de impecable factura.

No me arrepiento. Es un libro muy breve que recoge cuatro conferencias impartidas por Burkert en 1996 en la la Università degli Studi de Venecia, vertidas directamente desde la edición original italiana (Da Omero ai Magi. Marsilio Editori. Venecia 1999). Gran erudición, a veces tan grande que me parece leer un texto fantástico de Borges, pero las conclusiones son más científicas –y menos sugestivas- que en la obra del escritor argentino. Compruebo que mi empeño por hallar reminiscencias y semejanzas entre novelas y películas de autores diferentes y separadas por el tiempo no es tan solo un pasatiempo sino que puede ocupar, con base científica, una carrera universitaria.

En la primera conferencia encuentro estas palabras referidas a la Historia de Atrahasis, un poema mesopotámico fechado pocas generaciones después de Hammurabi, en el siglo XVII a.C:

La idea fundamental del poema épico antiguo-babilonio, el "Atrahasis", es moderna de manera casi inquietante: los seres humanos se multiplican, la tierra se siente oprimida por su mole, la solución puede ser sólo una catástrofe que aniquile a la humanidad. Pero el hombre sobrevive a los intentos de destrucción y así se encuentra, al fin, el único método eficaz, el control de natalidad

¿Se habría sorprendido Malthus de conocer este antecedente remoto de sus tesis en la épica mesopotámica? La lejanía del Atrashasis ¿da o quita argumentos a los agoreros que presagian la destrucción del planeta?

Más adelante, en la conferencia El advenimiento de los magos Burkert comenta el Hadoxt Nask, un texto en lengua avéstica: El alma del difunto, en el curso de la tercera noche después de la muerte, se encuentra con su propia “religión”, daena, bajo la forma de una bella muchacha que le guía en tres fases sucesivas, a través de “pensamientos buenos”, “palabras buenas”, “acciones buenas”, hasta las “luces que no tienen comienzo”, a la presencia de Ahura Mazda.

04 enero 2005

Las aventuras de Jorge, Sara y Pipo


Continúa la aventura editorial de Casterman en España, siempre de la mano de Panini. Tras la publicación de las 22 álbumes de Tintín en formato reducido (con polémica judicial incluida), tras la recuperación de las versiones originales en blanco y negro de los 9 primeros episodios (en idéntico formato de bolsillo), la editorial belga lanza al mercado las aventuras de Jo, Zette y Jocko. Hasta el momento ha publicado el díptico El Stratonef H22, dividido en dos álbumes: El testamento de Mr. Pump y Destino, Nueva York. Aunque en algunas webs ya aparece también a la venta El valle de las cobras.

Fiel a su discutida política de nuevas traducciones (que merecería un comentario aparte) el equipo
Link no se limita a verter al español diálogos y textos de apoyo sino que ha renombrado la propia serie, y así Jo, Zette y Jocko ceden su puesto a Jorge, Sara y Pipo, tal vez buscando mayor cercanía al lector infantil pero desconcertando a los aficionados más clásicos.

Jo y Zette son una pareja de hermanos que tienen por mascota a un pequeño chimpancé llamado Jocko. No son desconocidos en España: en la contraportada de los álbumes de Tintín (en la edición clásica de
Juventud y en la nueva edición Panini) aparecen en segundo plano, caminando de la mano por la isla donde se amontonan recuerdos del joven reportero. Protagonistas de cinco aventuras fueron abandonados por Hergé hacia mediados de los años 50 cuando, debido al creciente desinterés de Remi por inventar nuevas tramas, las propias aventuras de Tintín comenzaron a distanciarse en el tiempo.

Si los álbumes de Tintín formaron desde siempre parte de la biblioteca familiar (heredé muchos de mis hermanos), las aventuras de Jo, Zette y Jocko fueron una adquisición eternamente pospuesta, cuya lectura debo agradecer a bibliotecas públicas y a préstamos de amigos. Lectura esporádica y no siempre disponible por tanto, pero que desprendía un exotismo que la excesiva familiaridad a veces arrebataba a Tintín. Exotismo ya presente en los propios títulos de la serie (
El Manitoba no contesta, La erupción del Karamako) que evocaban territorios helados que conquistar jugando al Risk o volcanes perdidos en los mares del sur.

En
Conversaciones con Hergé, de Numa Sadoul, se da cuenta del origen de esta serie. A finales de 1935 el semanario católico francés Coeurs Vaillants, que publicaba las aventuras de Tintín, se dirigió a Hergé haciéndole la siguiente petición:
Usted comprenderá, Tintín no está mal, incluso está bien. Sólo que no se gana la vida, no tiene padres, no va al colegio, no come, no duerme. Nos gustaría una serie del mismo género, con el mismo espíritu pero donde el héroe tuviera un padre, una madre, una hermana pequeña y un animal familiar.
Hergé no sabe si atender la demanda, que no esconde una crítica subterránea a su trabajo. Al llegar a casa le aguardan varios juguetes para un trabajo de publicidad. Entre ellos un pequeño mono llamado Jocko. A partir del juguete Hergé crea toda una familia de personajes
: un padre ingeniero, una madre atenta y dos intrépidos hijos, Jo y Zette, de naciolalidad francesa y apellido Legrand. Jocko, el pequeño chimpancé, completa la familia, más exótico e inteligente que cualquier otra mascota.

Entre 1936 y 1939
Coeurs Vaillants publicará tres aventuras de estos nuevos héroes (El Stratonef H22, El rayo misterioso y el comienzo de El valle de las cobras). Jo, Zette y Jocko ofrecen un universo aventurero paralelo al Tintín de preguerra: en ambas series son corrientes los viajes en lujosos trasatlánticos, los aviones que sobrevuelan el océano, los secuestros infantiles o las
persecuciones en todo tipo de vehículos. Sin embargo mientras Tintín es un reportero que se enfrenta a bandas internacionales de narcotraficantes y falsificadores cuando no participa en importantes intrigas políticas, Jo y Zette son verdaderos niños que juegan con cubos y arena en la playa. No persiguen aventuras sino que se ven envueltos en ellas. Sus tramas, con ciertos ribetes de ciencia ficción, se acercan más a la novela juvenil tradicional: en ellas no son extraños los sabios locos, los robots que escapan de todo control, las erupciones volcánicas, los caníbales, etc. Contradiciendo la proverbial misoginia de Hergé, la valiente Zette no cede protagonismo a su hermano y pilota tanques submarinos y empuña revólveres con idéntica determinación y coraje.

En 1939, al igual que ocurrió con Tintín en el país del oro negro, la Segunda Guerra Mundial interrumpe la publicación de la tercera aventura del duo de hermanos -El valle de las cobras- en su página 25. Jo y Zette no encontran cobijo en otro periódico durante la contienda. Deben esperar hasta 1948 para que sus aventuras vuelvan a ver la luz en el semanario Tintín, nacido dos años antes de la mano de Hergé y el editor Raymond Leblanc. El fulminante éxito de la publicación no eliminó el malestar íntimo del autor, expresado en inesperadas desapariciones que dejaban en suspenso las aventuras de Tintín. Para aliviar su carga de trabajo y cumplir su compromiso con los lectores Hergé decide reciclar viejos episodios. En mayo de 1948 se inicia la publicación en color de El Stratonef H22. En septiembre retomará la aventura de Tintín en el país del oro negro. De este modo cumple su promesa: cada número de la revista Tintín contendría dos páginas firmadas por Hergé.

La segunda andadura de las aventuras de Jo, Zette y Jocko se prolonga hasta 1954. Publicados los dos episodios terminados Remi encarga a su nuevo colaborador Jacques Martin, incorporado a los Studios Hergé en 1953, la finalización del episodio El valle de las cobras, completando entre ambos el guión. El concienzudo trabajo de Martin se publicará en la revista a partir de enero de 1954, pero como en el álbum posterior, la firma será únicamente de Hergé.

El valle de las cobras es considerada la más tintinesca de las aventuras de Jo y Zette. Supone además la vuelta de Hergé a la India, un universo ya tratado en Los cigarros del faraón y latente en otras aventuras de Tintín. El personaje clave de la aventura es el Maharajá de Gopal, un divertido déspota con ademanes de niño malcriado que maltrata a su visir pero alberga un buen corazón. Tras conocer a Jo y a Zette encarga a su padre, el ingeniero Legrand, la construcción de un puente que atraviese el Valle de las cobras y alivie las penalidades de su súbditos. Pendenciero, infantil, travieso, el Maharajá fue visto por el propio Hergé como una especie de Abdallah adulto, aunque a diferencia del joven príncipe de El Khemed el propio Maharajá padece las consecuencias fatales de sus ocurrencias
en numerosas ocasiones, acercándose de algún modo al sufrido Haddock. Hergé tomó cariño al personaje y conciencia de sus posibilidades, permitiéndole acceder (de palabra) a las aventuras de Tintín. Así en Las joyas de la Castafiore se le cita como un antiguo pretendiente de la diva italiana a la que regaló la más preciada de sus famosas joyas: una hermosa esmeralda que da mucho juego en la aventura. No contento con ello Hergé proyectó incluirlo entre los coleccionistas que eran seducidos por el arte Alfa en el episodio que dejó inacabado a su muerte.

En un interesante artículo dedicado a Los otros hijos de Hergé, Salvador Vázquez de Parga advirtía que el encuentro con el Maharajá y la aproximación al universo tintinesco fueron fatales para Jo y Zette, que cedieron su pequeño pero esencial carácter distintivo con su hermano de largo tupé. No habría nuevas aventuras para el pequeño Tintín de mechones negros que respondía al nombre de Jo y de su intrépida hermana Zette.

No obstante la herencia de la familia Legrand no se perdió del todo. Hacia 1970
Hergé encargó al prolífico Bob de Moor retomar alguno de los guiones de Greg desechados para Tintín, adaptándolo para que fueran protagonizados por Jo y Zette. De Moor comenzó a abocetar las páginas pero finalmente el proyecto se desestimó. Anteriormente, el propio Greg introdujo en la trama de la película Tintín y el lago de los tiburones a dos hermanos sildavos, , intrépidos y valientes que, tras salvar a Tintín de un accidente, son secuestrados e intentan escapar a bordo de un tanque submarino. Ecos de Jo y Zette en El rayo misterioso se encierran en ese guión.

Esperemos que Casterman-Panini no limite su edición de Jo y Zette (o Jorge y Sara) a los álbumes en color y regalé a los aficionados españoles la edición de las aventuras originales en blanco y negro que publicó antes de la guerra Coeurs Vaillants, recientemente rescatada en Bélgica. Y dado que detenta los derechos de casi todas las aventuras del personaje, sería una grata sorpresa ver publicadas en España las aventuras de Alix de Jacques Martin, en formato grande o pequeño, reeditando títulos ya conocidos en nuestro país por anteriores ediciones o atreviéndose con nuevos episodios. Ahora que Glenat se anima con la serie Los viajes de Alix, algunos aficionados (esos que pagan 60 € por una edición de Oikos tau de El último espartano) agradecerían sobremanera la deferencia.

16 octubre 2003

Hernán Cortés

Leo en La conquista de México de Hugh Thomas que Hernán Cortes murió desilusionado en Sevilla, al igual que Cristóbal Colón. El hidalgo extremeño descubrió el imperio azteca y conquistó Tenochtitlán, fue nombrado Adelantado de Castilla y recibió el título de marqués, sedujo esclavas y princesas y engendró hijos de razas y madres distintas pero ni aún así sació su ambición. Para colmarla, tras la conquista de México, dirigió expediciones a Centroamérica y a California, tierra que descubrió para el mundo y dio nombre de novela de caballerías. Colón hizo añicos los límites de su mundo e inaguró la Edad Moderna. Dos colosos de la historia que mueren sintiéndose fracasados. Parece que Ortega tenía razón cuando afirmaba que toda existencia humana es la historia de un fracaso. ¿También la mía? ¿En qué playas de la dorada California se bañan los reos del recuerdo?

22 septiembre 2003

El marinero


Érase de un marinero
que hizo un jardín junto al mar,
y se metió a jardinero.
Estaba el jardín en flor,
y el jardinero se fue
por esos mares de Dios
.

Antonio Machado. Parábolas III. Campos de Castilla (CXXXVII).

Leí estos versos el pasado domingo en el libro que regalaba El País y recordé de inmediato el poema dramático El Marinero, de Pessoa, que culmina la antología El poeta es un fingidor, preparada por Ángel Crespo. El marinero náufrago en una isla lejana que sueña una vida distinta en una patria falsa para evitar el sufriente recuerdo de su verdadera tierra natal. Durante años reconstruye laboriosamente -pueblo a pueblo, calle a calle- otro país y otra infancia. Con el detalle de Funes el memorioso el marinero ocupa sus horas en recordar las jornadas de otro mundo imaginado. Con la atención del protagonista de Las ruinas circulares sueña la existencia de otro hombre que, en este caso, es él mismo; sueño a su vez obra de otro sueño, esta vez de Pessoa: la dama narra su historia en la obra del poeta portugués. Y cuando, tras soñar durante años, el marinero quiere recordar su verdadera patria encuentra que esta ya no existe en su memoria, que su recuerdo ha cancelado los anaqueles de la verdad para situar en su lugar los pormenores del sueño. Luego un barco avista la isla y no encuentra allí al marinero. ¿Dónde fue? Tal vez regresó a su patria, sugiere Pessoa, en labios de una compañera de la narradora. Y se pregunta ¿pero a cuál? El marinero se fue por esos mares de Dios, dice Machado, tras abandonar en flor el jardín que cultivó junto al mar. Machado y Pessoa, creadores de heterónimos, tan distintos, como Álvaro de Campos y Juan de Mairena. ¿Hay algún nexo entre los dos poemas, escarcha de un siglo que comenzaba a soñar su desmesura?

19 abril 2003

Solaris


Leí por fin Solaris de Stanislaw Lem. Su título me acompañaba desde la adolescencia, inscrito en la misma colección de Todolibro de la vieja editorial Bruguera, junto a las novelas de Lucky Star de Isaac Asimov, mi pórtico a la ciencia-ficción. Conseguí leerla antes de ir a ver la película de George Clooney. Ahora no sé si iré a verla, tal vez espere a verla en Canal Plus, una tarde de sábado en casa de mis padres. ¿La dirige el mismo que Sexo, mentiras y cintas de vídeo? Puede ser interesante aunque mi hermano me dijo que fue un gran fracaso comercial, una película de amor que se vende como ciencia-ficción.

Yo leí el libro atraído por esa historia de amor, por ese planeta que, para defenderse, corporiza los recuerdos de los hombres, sus amores desaparecidos. ¿Viajaría yo a ese planeta, en busca de mi pasado silencioso? ¿Y a quién me encontraría: la amante fiel imaginada o la mujer real redivida?

La novela es algo más: no se centra en la historia de amor aunque es importante. Pero no conmueve. Al menos no a mí. Ni el amor de Kelvin por el recuerdo ni el de la criatura por su autor. Dentro de la absoluta fantasía realiza una propuesta bastante realista: las dificultades de este nuevo amor, las dudas, las contradicciones de la criatura, de la nueva Harey, su puesta en marcha como ser autónomo de su recuerdo de origen. Pero le falta una chispa que lo arrebate todo. O, al menos, yo no la he encontrado.

En cambio me ha parecido hallar reminiscencias borgianas en la trama. La Solarística como disciplina científica, la inmensa variedad de doctrinas que explican en planeta y el océano viviente, la creación de hombres con nuestros recuerdos recuerda los relatos del bonaerense: La Bilblioteca de Babel, Las ruinas circulares, Tlort, Ubark, orbius tertius. Pero de nuevo le falta algo: cuando Borges describe una trama fantasiosa nos conduce, nos empuja lentamente hasta abismos metafísicos para devolvernos en última instancia a nuestra propia realidad. Ha podido hablar de mundos imaginarios, de países remotos en el tiempo o en el espacio (pienso ahora en La lotería de Babilonia) pero siempre ha hablado de nosotros. Lem hace algo parecido pero no consigue que saltemos el último escollo que nos devuelva a la realidad cotidiana. Las páginas sobre la Solarística, sobre la inmensa biblioteca de la Estación espacial donde se apilan los anuarios y las monografías sobre el planeta-océano parecen decirnos muchas cosas sobre los afanes y las limitaciones de nuestra ciencia, del estudio del Universo, del desconocimiento de nosotros mismos, del sentido de la religión. Pero sus páginas parecen un boxeador que amaga ante el espejo sin atreverse a entrar en combate. Al menos esa ha sido mi lectura, probablemente equivocada. ¿Es posible que Lem (polaco en tiempos de la democracia popular) utilizara Solaris como metáfora de la imposibilidad del marxismo para aprehender la realidad?

En cambio la novela, aunque nos deja interrogantes que nos gustaría ver descubiertos, no se adentra en la vertiente fácil del best-seller. No hay escenas de sexo, aunque es constante la mención de que Kris Kelvin y Harey duermen abrazados. Me pregunto como habrán resuelto la cuestión en la película. Yo mismo he echado a faltar alguna referencia más explícita en el libro. El público de las décadas pasadas, acostumbrado a leer entre líneas seguramente no necesitaba mucho más pero el cine y la novela actual parecen habernos educado en la necesidad de mostrarlo todo y desconfiamos de las simples sugerencias. Pero mi referencia a los best-sellers iba más allá: el libro ofrece pocos atisbos de cuales son las criaturas que visitan a los otros dos tripulantes de la estación: Sartorius y Snaut. Un sombrero de paja, una criatura que puede esconderse en un cajón, pasos pequeños. Todo queda en la penumbra y en la imaginación de cada cual. Un best-seller, una mala película de misterio habrían mostrado hasta el último detalle de las aberraciones creadas por las mentes de los dos personajes secundarios de la trama. Y entonces la trama hubiera perdido todo misterio.

17 noviembre 2002

Un barojiano de Lima


Hace tiempo que quería escribir unas líneas sobre los libros de Alfredo Bryce Echenique, reciente premio Planeta de novela 2002. Los primeros libros que leí, La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, recomendados por varios amigos, me sugirieron este título, que utilizaría si tuviera que escribir una reseña para una revista.

Hoy, sin embargo, quiero hablar de Un mundo para Julius que acabo de terminar. Aunque M. y O. también me hablaron de él fue E., cenando en Bruselas para celebrar su cumpleaños, quien más me lo ponderó y me animó a leerlo. Ha sido un cambio, no radical pero sí profundo, sobre Martín Romaña y Octavia de Cádiz. Estos me acompañaron en varios viajes como alegres compañeros que hacían brotar irreprimibles carcajadas apagadas que debieron llamar al atención a mis compañeros de asiento en el vuelo. También contenían una buena dosis de tristeza y, sobre todo el final de Octavia, como ya me advirtió E., desesperación.

Julius
es distinto. El humor sigue presente pero muy soterrado: casi no hay situaciones grotescas y el lenguaje tampoco está forzado (bien forzado debo decir en Martín y Octavia) hacia la risa. La tristeza también es más sutil, llena de nostalgia y ausente de desesperación. Es una tristeza tibia, de abandono de la infancia, llena de ternura y atención a los detalles de ese mundo mágico que no se vuelve a pisar.

Dos escenas me han saltado las lágrimas. Las dos hacia el final del libro, cuando en un momento me había llegado a pesar, pensando que la acción se repetía. La primera fue el recuerdo de Cinthia, la hermanita muerta, tras al fiesta de graduación de Bobby, el hermano mediano. Ese final de fiesta en el que Julius se encierra en su cuarto y se pone a conversar con el retrato de su hermana diciéndole que ha tenido que abandonar la fiesta porque las chicas de 15, 16 y 17 años que bailaban eran sus compañeras. Eran lo que debía haber sido ella, pero ninguna se acordaba ya de su compañera muerta 6 años atrás. Ninguna se acordaba, repetía Julius varias veces. Y confesaba, o más bien, el autor nos confesaba a los lectores que Julius hablaba todas las noches con su hermana, con el retrato que guardaba en su mesilla. Aunque su madre, Susan, se lo hubiera prohibido un día al descubrirlo. Te va a hacer daño, Julius.

Podría decirse que Bryce nos ha hecho trampas porque, aunque la añoranza de Cinthia surge varias veces a lo largo de la narración, no recuerdo que en ningún momento se mencione tan claramente esta pequeña locura de Julius, este aferramiento tenaz y pazzo al recuerdo de su hermana. Pero sí es cierto que, alguna vez, Julius comenta algo a Cinthia en el libro, seguramente muy brevemente, para no llamar la atención. Pero no considero el episodio una carta marcada guardada por el novelista en su manga. Más bien es algo plenamente realista, algo escondido en Julius pero consecuente con el personaje: tierno, observador, sensible, profundamente impresionado por la muerte de su hermana, el único miembro de su familia que compartía su percepción del mundo. Las personas suelen esconder estos sentimientos tan profundos, estos sentimientos que significan debilidad y tristeza, y si llegamos a descubrirlos algún día es repentinamente, como en el libro, porque un detalle o algo nos hace descubrirlo. Son estas sugerencias de sentimientos profundos las que conmueven en el arte: en las novelas, en las películas. Son siempre alabadas esas primeras escenas de Centauros del desierto, donde John Ford descubre con pocos detalles una enorme historia de amor entre Ethan y su cuñada.

La escena de Un mundo para Julius es preciosa, plenamente lograda y preparada. Comienza en la fiesta con una chica simpática y alegre que baila y llena la pista de viveza y movimiento. Bryce apenas describe sus rasgos. Dice que es bonita y se centra en su actitud: en su simpatía, en su alegría, en su acercamiento a Julius, al que Bobby había querido excluir de la fiesta y en el que el resto de los invitados apenas ha reparado. Pero la chica simpática sí se ha fijado, le ha hecho gracia y le llama a que baile con él. Y Julius se queda paralizado. Pensamos, quizás, que siente la llamada del amor, como cuando descubre a los dos adolescentes del barrio Marconi (Cecilia y Manolo) besándose en la puerta de la habitación del hotel. En ese momento Susan no puede resistir la fiesta y se marcha. Y nuevamente nos equivocamos y pensamos que no puede soportar la carga de los años, ver a nuevas jovencitas ocupar su papel, percatarse de que el tiempo pasado no volverá, y necesita estar sola para recordar sus años de Londres, como ha ocurrido cuando Juan Lucas encuentra a la chica sueca. Pero en pocas líneas nos percatamos de nuestro error: Julius, en su habitación nos descubre la pena de su madre, ese personaje apenas entrevisto, más frívolo que sensible, pero humano al fin y al cabo. Es un pasaje precioso. A través del monólogo de Julius se abalanzan hacia nosotros decenas de sentimientos escondidos hasta entonces, subyacentes en el libro, que comprendemos porque han estado soterrados durante páginas. Porque también, aunque no hayamos sufrido la pérdida de una hermana, entendemos esos instantes en que la pena y los recuerdos son invencibles e irrefrenables. Esos instantes que nos unen a todos, ricos y pobres, y que no desaparecen aunque estén colmados todas las necesidades materiales, por suerte, porque nos permiten saber que somos humanos.

La otra escena es la parte final del libro, aunque viene anunciada desde varias páginas atrás.