26 marzo 2005

Crónicas del Señor de la Guerra


En una oferta de VIPS he comprado las Crónicas del Señor de la guerra de Bernard Cornwell. Tan solo 9 euros los tres volúmenes tras sucesivas rebajas. Desde luego los libros no son caros por lo que cuestan sino por el espacio que ocupan.

En el autobús, de vuelta a casa, hojeo las primeras páginas de cada uno de los libros. Me detengo en un diálogo al comienzo del tercer tomo,
Excalibur:

- (...) la lujuria no desparece con la felicidad, mi señora. Además, ¿qué mérito tendría la fidelidad si no fuera puesta a prueba? (...) La fidelidad es un don que ofrecemos a los que amamos. Arturo se lo entregó a Ginebra, pero ella no podía corresponderle porque ansiaba otra cosa.

- ¿Qué cosa?

- Gloria, pero Arturo siempre fue reacio a la gloria. La alcanzó, pero no le deleitaba. Ginebra quería una escolta de mil jinetes, vistosas enseñas ondeando por encima de su cabeza y la isla entera de Britania postrada a sus pies. Lo único que Arturo quería era justicia y buenas cosechas.

Al llegar a casa dejo los volúmenes en la estantería, en segunda fila sobre los anteriores, a la espera de que llegue su turno -Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)/ Hay alguno que ya nunca abriré- pero transcribo estas líneas en el ordenador, igual que años atrás grabé en mi memoria, y luego en un cuaderno (¿o fue al revés?), las palabras de Aquila respondiendo a Ambrosius Aurelianus: La crema y miel de brezo pueden llegar a hastiar.