La hija de Homero

Hace casi una semana terminé La hija de Homero de Robert Graves. Lo leí casi en dos días, en el trayecto en Talgo hacia Jerez para ir a la boda de I. y en el viaje de vuelta el pasado sábado. Lo terminé en Bruselas el lunes, en el hotel, tras haberme bebido los últimos capítulos entre el aeropuerto y el avión.
Me ha gustado mucho. Mucho más que la relectura de Yo, Claudio que hice en inglés este verano. Me ha recordado al primer libro de Graves que leí, hace ya unos 17 años, en uno de los últimos veranos en la sierra (el antepenúltimo, creo), El Conde Belisario, que tanto asombro y placer me produjo entonces. Recuerdo las primeras páginas que leí en el chalet de un amigo, y luego ya en casa, después de que éste me lo prestara. La sorpresa de encontrar en otras palabras la historia de Belisario que ya conocía por el libro de Asimov dedicado a Constatinopla. Era como el reencuentro con un viejo amigo, enriquecido, más sabio, que explicaba las cosas con un lenguaje más elegante. Luego he tenido ocasión de comprobar que no solo los hechos sino también las ideas que encontraba en los libros de historia del Buen Doctor no eran muy originales, sino resúmenes de ideas de otros historiadores y filósofos: de Polibio a Henri Pirenne. Pero como resúmenes e introducciones eran excelentes. Me han proporcionado unos cimientos de hechos, fechas y conocimientos sobre los que poder ir alzando mi pobre edificio de aficionado al pasado.
La hija de Homero narra una historia de conspiraciones y rebeliones por el trono de una pequeña comunidad griega en la Sicilia de los siglos VIII o VII a.c. En esta ocasión Graves no se basa en los avatares de un personaje histórico conocido, como Claudio o Belisario, sino que crea un argumento completamente imaginario, aunque basado en sus conocimientos de los orígenes de la era clásica. Sin embargo la historia que narra tiene el gusto del vino ya degustado, si bien enriquecido por una nueva cosecha que le aporta nuevos matices y sorpresas. En la novela asistimos al abandono de un reino por su soberano, a la desventura de su casa y dinastía por causa de los malvados y jóvenes miembros de la nobleza que irrumpen en palacio para vivaquear a costa de su rey hasta que su hija acepte a uno como marido, al encuentro entre una joven Nausicaa y un náufrago vigoroso en las playas donde la tempestad ha arrojado al errante marino, a recitales de viejos aedos sobre las aventuras de los héroes de Troya en sus nostoi, a relatos sobre cíclopes que devoran hombres y brujas que los transforman en cerdos. El lector avezado puede reconocer sin esfuerzo de donde proceden los elementos del relato y cobra entonces sentido, a su vista, el título de la novela. Pero la receta que propone Graves no es la de Homero, sino completamente distinta: los ingredientes son los mismos, pero su combinación y sazón son nuevos. O no tanto. La idea de que el autor de la Iliada y el de la Odisea no fueron el mismo es una viaje polémica filológica conocida como la cuestión homérica, que ha dado como frutos encendidos argumentos desde que se planteó en el siglo XVIII. La Odisea, más moderna, más variable y variada, como las olas del mar que cruza su protagonista, ha gozado de mayor fervor que la narración de la cólera del pélida Aquiles (según Carlos García Gual, Borges adoraba la Odisea y detestaba o al menos, no gustaba, la Iliada. Yo recuerdo escritos de Borges ponderando el poema de Ulises pero no una descalificación de la épica sobre Ilión). También el protagonista del nostoi, Ulises u Odiseo, parece más cercano al lector moderno que el hijo cuasi-invulnerable de Tetis y, según el curso de García Gual al que asistí, tiene un recorrido mucho mayor en la tradición literaria.
La Odisea parece entonces más moderna y cercana al pueblo que la aristocrática historia del sitio (que no de la destrucción) de Troya. Como si la hubiera compuesto una mano distinta que respondiera a una mentalidad distinta. La respuesta de Graves a este interrogante es que su autora es una mujer, la Hija de Homero que da título al libro, Nausicaa de nombre propio. La trama es ingeniosa y sorprende por ver los cambios que realiza Graves sobre la narración original que conocemos y como sitúa estos elementos en el argumento de su novela. Aunque sospechamos el final, no podemos estar seguros de no asistir a algún cambio, dados las radicales variaciones de las que se parte. Es el mismo truco que se utiliza en la película Shakespeare in love para señalar el origen de las tramas y episodios de Romeo y Julieta y otras obras del bardo de Devon, y debe haber sido utilizada en muchas obras, biografías y películas. ¿Quién sería el autor de la primera obra que utilizo este artificio? Es una forma de metaliteratura, debe ser moderno. Quiero decir, para degustarla a fondo es necesario partir de una tradición literaria, con unos clásicos de referencia, y conocer la obra de partida para reconocer los guiños, las referencias, las señales que desperdiga el autor gregario sobre la obra original. Es incluso posmoderna en el sentido de que los clásicos se convierten en una referencia irónica, no en un mausoleo que se debe visitar con respeto y aspavientos.
Otra idea que se me ocurrió leyendo La hija de Homero es la similitud de su arquitectura narrativa con otras obras de Graves, en particular Yo, Claudio, cuya lectura tenía reciente. La narración en primera persona de los acontecimientos, los diálogos que hacen avanzar la acción referidos a hechos importantes de la trama, las conspiraciones relatadas por una tercera persona. A veces me parecía que era Claudio tratando con Póstumo las asechanzas de Livia, en lugar de Nausicaa, narrando las intrigas de los conspiradores contra su padre.
Me ha gustado mucho. Mucho más que la relectura de Yo, Claudio que hice en inglés este verano. Me ha recordado al primer libro de Graves que leí, hace ya unos 17 años, en uno de los últimos veranos en la sierra (el antepenúltimo, creo), El Conde Belisario, que tanto asombro y placer me produjo entonces. Recuerdo las primeras páginas que leí en el chalet de un amigo, y luego ya en casa, después de que éste me lo prestara. La sorpresa de encontrar en otras palabras la historia de Belisario que ya conocía por el libro de Asimov dedicado a Constatinopla. Era como el reencuentro con un viejo amigo, enriquecido, más sabio, que explicaba las cosas con un lenguaje más elegante. Luego he tenido ocasión de comprobar que no solo los hechos sino también las ideas que encontraba en los libros de historia del Buen Doctor no eran muy originales, sino resúmenes de ideas de otros historiadores y filósofos: de Polibio a Henri Pirenne. Pero como resúmenes e introducciones eran excelentes. Me han proporcionado unos cimientos de hechos, fechas y conocimientos sobre los que poder ir alzando mi pobre edificio de aficionado al pasado.
La hija de Homero narra una historia de conspiraciones y rebeliones por el trono de una pequeña comunidad griega en la Sicilia de los siglos VIII o VII a.c. En esta ocasión Graves no se basa en los avatares de un personaje histórico conocido, como Claudio o Belisario, sino que crea un argumento completamente imaginario, aunque basado en sus conocimientos de los orígenes de la era clásica. Sin embargo la historia que narra tiene el gusto del vino ya degustado, si bien enriquecido por una nueva cosecha que le aporta nuevos matices y sorpresas. En la novela asistimos al abandono de un reino por su soberano, a la desventura de su casa y dinastía por causa de los malvados y jóvenes miembros de la nobleza que irrumpen en palacio para vivaquear a costa de su rey hasta que su hija acepte a uno como marido, al encuentro entre una joven Nausicaa y un náufrago vigoroso en las playas donde la tempestad ha arrojado al errante marino, a recitales de viejos aedos sobre las aventuras de los héroes de Troya en sus nostoi, a relatos sobre cíclopes que devoran hombres y brujas que los transforman en cerdos. El lector avezado puede reconocer sin esfuerzo de donde proceden los elementos del relato y cobra entonces sentido, a su vista, el título de la novela. Pero la receta que propone Graves no es la de Homero, sino completamente distinta: los ingredientes son los mismos, pero su combinación y sazón son nuevos. O no tanto. La idea de que el autor de la Iliada y el de la Odisea no fueron el mismo es una viaje polémica filológica conocida como la cuestión homérica, que ha dado como frutos encendidos argumentos desde que se planteó en el siglo XVIII. La Odisea, más moderna, más variable y variada, como las olas del mar que cruza su protagonista, ha gozado de mayor fervor que la narración de la cólera del pélida Aquiles (según Carlos García Gual, Borges adoraba la Odisea y detestaba o al menos, no gustaba, la Iliada. Yo recuerdo escritos de Borges ponderando el poema de Ulises pero no una descalificación de la épica sobre Ilión). También el protagonista del nostoi, Ulises u Odiseo, parece más cercano al lector moderno que el hijo cuasi-invulnerable de Tetis y, según el curso de García Gual al que asistí, tiene un recorrido mucho mayor en la tradición literaria.
La Odisea parece entonces más moderna y cercana al pueblo que la aristocrática historia del sitio (que no de la destrucción) de Troya. Como si la hubiera compuesto una mano distinta que respondiera a una mentalidad distinta. La respuesta de Graves a este interrogante es que su autora es una mujer, la Hija de Homero que da título al libro, Nausicaa de nombre propio. La trama es ingeniosa y sorprende por ver los cambios que realiza Graves sobre la narración original que conocemos y como sitúa estos elementos en el argumento de su novela. Aunque sospechamos el final, no podemos estar seguros de no asistir a algún cambio, dados las radicales variaciones de las que se parte. Es el mismo truco que se utiliza en la película Shakespeare in love para señalar el origen de las tramas y episodios de Romeo y Julieta y otras obras del bardo de Devon, y debe haber sido utilizada en muchas obras, biografías y películas. ¿Quién sería el autor de la primera obra que utilizo este artificio? Es una forma de metaliteratura, debe ser moderno. Quiero decir, para degustarla a fondo es necesario partir de una tradición literaria, con unos clásicos de referencia, y conocer la obra de partida para reconocer los guiños, las referencias, las señales que desperdiga el autor gregario sobre la obra original. Es incluso posmoderna en el sentido de que los clásicos se convierten en una referencia irónica, no en un mausoleo que se debe visitar con respeto y aspavientos.
Otra idea que se me ocurrió leyendo La hija de Homero es la similitud de su arquitectura narrativa con otras obras de Graves, en particular Yo, Claudio, cuya lectura tenía reciente. La narración en primera persona de los acontecimientos, los diálogos que hacen avanzar la acción referidos a hechos importantes de la trama, las conspiraciones relatadas por una tercera persona. A veces me parecía que era Claudio tratando con Póstumo las asechanzas de Livia, en lugar de Nausicaa, narrando las intrigas de los conspiradores contra su padre.

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