El marinero

Érase de un marinero
que hizo un jardín junto al mar,
y se metió a jardinero.
Estaba el jardín en flor,
y el jardinero se fue
por esos mares de Dios.
Antonio Machado. Parábolas III. Campos de Castilla (CXXXVII).
Leí estos versos el pasado domingo en el libro que regalaba El País y recordé de inmediato el poema dramático El Marinero, de Pessoa, que culmina la antología El poeta es un fingidor, preparada por Ángel Crespo. El marinero náufrago en una isla lejana que sueña una vida distinta en una patria falsa para evitar el sufriente recuerdo de su verdadera tierra natal. Durante años reconstruye laboriosamente -pueblo a pueblo, calle a calle- otro país y otra infancia. Con el detalle de Funes el memorioso el marinero ocupa sus horas en recordar las jornadas de otro mundo imaginado. Con la atención del protagonista de Las ruinas circulares sueña la existencia de otro hombre que, en este caso, es él mismo; sueño a su vez obra de otro sueño, esta vez de Pessoa: la dama narra su historia en la obra del poeta portugués. Y cuando, tras soñar durante años, el marinero quiere recordar su verdadera patria encuentra que esta ya no existe en su memoria, que su recuerdo ha cancelado los anaqueles de la verdad para situar en su lugar los pormenores del sueño. Luego un barco avista la isla y no encuentra allí al marinero. ¿Dónde fue? Tal vez regresó a su patria, sugiere Pessoa, en labios de una compañera de la narradora. Y se pregunta ¿pero a cuál? El marinero se fue por esos mares de Dios, dice Machado, tras abandonar en flor el jardín que cultivó junto al mar. Machado y Pessoa, creadores de heterónimos, tan distintos, como Álvaro de Campos y Juan de Mairena. ¿Hay algún nexo entre los dos poemas, escarcha de un siglo que comenzaba a soñar su desmesura?
