19 abril 2003

Solaris


Leí por fin Solaris de Stanislaw Lem. Su título me acompañaba desde la adolescencia, inscrito en la misma colección de Todolibro de la vieja editorial Bruguera, junto a las novelas de Lucky Star de Isaac Asimov, mi pórtico a la ciencia-ficción. Conseguí leerla antes de ir a ver la película de George Clooney. Ahora no sé si iré a verla, tal vez espere a verla en Canal Plus, una tarde de sábado en casa de mis padres. ¿La dirige el mismo que Sexo, mentiras y cintas de vídeo? Puede ser interesante aunque mi hermano me dijo que fue un gran fracaso comercial, una película de amor que se vende como ciencia-ficción.

Yo leí el libro atraído por esa historia de amor, por ese planeta que, para defenderse, corporiza los recuerdos de los hombres, sus amores desaparecidos. ¿Viajaría yo a ese planeta, en busca de mi pasado silencioso? ¿Y a quién me encontraría: la amante fiel imaginada o la mujer real redivida?

La novela es algo más: no se centra en la historia de amor aunque es importante. Pero no conmueve. Al menos no a mí. Ni el amor de Kelvin por el recuerdo ni el de la criatura por su autor. Dentro de la absoluta fantasía realiza una propuesta bastante realista: las dificultades de este nuevo amor, las dudas, las contradicciones de la criatura, de la nueva Harey, su puesta en marcha como ser autónomo de su recuerdo de origen. Pero le falta una chispa que lo arrebate todo. O, al menos, yo no la he encontrado.

En cambio me ha parecido hallar reminiscencias borgianas en la trama. La Solarística como disciplina científica, la inmensa variedad de doctrinas que explican en planeta y el océano viviente, la creación de hombres con nuestros recuerdos recuerda los relatos del bonaerense: La Bilblioteca de Babel, Las ruinas circulares, Tlort, Ubark, orbius tertius. Pero de nuevo le falta algo: cuando Borges describe una trama fantasiosa nos conduce, nos empuja lentamente hasta abismos metafísicos para devolvernos en última instancia a nuestra propia realidad. Ha podido hablar de mundos imaginarios, de países remotos en el tiempo o en el espacio (pienso ahora en La lotería de Babilonia) pero siempre ha hablado de nosotros. Lem hace algo parecido pero no consigue que saltemos el último escollo que nos devuelva a la realidad cotidiana. Las páginas sobre la Solarística, sobre la inmensa biblioteca de la Estación espacial donde se apilan los anuarios y las monografías sobre el planeta-océano parecen decirnos muchas cosas sobre los afanes y las limitaciones de nuestra ciencia, del estudio del Universo, del desconocimiento de nosotros mismos, del sentido de la religión. Pero sus páginas parecen un boxeador que amaga ante el espejo sin atreverse a entrar en combate. Al menos esa ha sido mi lectura, probablemente equivocada. ¿Es posible que Lem (polaco en tiempos de la democracia popular) utilizara Solaris como metáfora de la imposibilidad del marxismo para aprehender la realidad?

En cambio la novela, aunque nos deja interrogantes que nos gustaría ver descubiertos, no se adentra en la vertiente fácil del best-seller. No hay escenas de sexo, aunque es constante la mención de que Kris Kelvin y Harey duermen abrazados. Me pregunto como habrán resuelto la cuestión en la película. Yo mismo he echado a faltar alguna referencia más explícita en el libro. El público de las décadas pasadas, acostumbrado a leer entre líneas seguramente no necesitaba mucho más pero el cine y la novela actual parecen habernos educado en la necesidad de mostrarlo todo y desconfiamos de las simples sugerencias. Pero mi referencia a los best-sellers iba más allá: el libro ofrece pocos atisbos de cuales son las criaturas que visitan a los otros dos tripulantes de la estación: Sartorius y Snaut. Un sombrero de paja, una criatura que puede esconderse en un cajón, pasos pequeños. Todo queda en la penumbra y en la imaginación de cada cual. Un best-seller, una mala película de misterio habrían mostrado hasta el último detalle de las aberraciones creadas por las mentes de los dos personajes secundarios de la trama. Y entonces la trama hubiera perdido todo misterio.